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Los estragos del consumismo en los vínculos humanos

Somos consumidores: así nos llaman y así nos vemos; ya casi no gozamos del trato de persona. Es más, con tanta vehemencia hemos abrazado esta identidad, que nos resulta embarazoso mantener por más de dos años el mismo celular. ¿Y cómo evitarlo? Cada año sale uno nuevo en el mercado con un lente adicional en la cámara; cada tantos meses la ropa de fast-fashion pasa de moda y aburre; cada día se nos bombardea por todos los medios con la idea de que necesitamos el producto que promete saciar nuestros deseos y realizar nuestra existencia.

Lastimosamente, el consumo desmedido trae sus consecuencias. No solo conlleva las ya muy palpables repercusiones climáticas, sino que también desemboca en un problema de cuestiones meramente humanas: la tendencia a ver los vínculos humanos como un producto más, algo inmediato y fácil de desechar en tanto aburra o deje de ser complaciente a nivel individual.



Las formas en que se observa esto son evidentes: a diario se nos recita un discurso individualista exacerbado, afirmando que no necesitamos de nadie para ser felices; que no hay que apegarse a las personas; que cualquier actitud que no sea de nuestro agrado resulta tóxica; y que aquello de comprometerse por un largo tiempo no es algo más que una estafa, es privarse de la libertad de probar los miles de sabores presentes en el mercado de las relaciones humanas.

De esto, me surgen una serie de preguntas:

¿Realmente brinda bienestar el desapegarse de los demás, o es más una muestra de miedo e incapacidad de amar? ¿No resulta más «tóxico» (aunque un término más preciso sería inmaduro) evitar tratar con los problemas que intentar hablar y solucionarlos? ¿De qué sirve la libertad individual si no se compromete a nada?

Nadie es una isla

El apegarse a otro es sinónimo de ser dependiente de este y, gracias a la cultura individualista, mostrar el más mínimo grado de dependencia hacia alguien ha tomado un matiz indeseable, vergonzoso. La idea es que uno sea autónomo y debe hacer todo por sí solo, que mostrarse abierto a los demás o buscar su apoyo es de gente emocionalmente débil y frágil.

Si bien es cierto que uno no debe entregarse enteramente a un tercero, cierto grado de dependencia es necesario para que un vínculo resulte afectivo, confiable y de apoyo. Es bien dicho que «ninguna persona es una isla», porque nadie puede vivir — ni siquiera sobrevivir — sin la necesidad de alguien. El lenguaje no fue inventado por solo una persona, los mamuts no eran cazados por un solo hombre con su lanza y mentalidad positiva, los niños no se abandonan a su suerte para que crezcan por sí solos. Somos seres sociales y ello implica la necesidad de formar parte de una comunidad, una familia, un grupo de interés, etc.

Según Erich Fromm, el amor inmaduro adopta la idea de «te amo porque te necesito» y el maduro de «te necesito porque te amo». De modo que las premisas de ser ciegamente dependiente o independiente, resultan perniciosas; sin embargo, en el acto mismo de amar, uno entrega una parte de sí y recibe una parte de otro, por lo que la idea del desapego es inviable y encaja más con sentir indiferencia o apatía.

El concepto clave es el de interdependencia, que implica una dependencia mesurada y recíproca en donde ambas partes ven el uno por el otro, se cultivan, procuran su bienestar y existe una responsabilidad moral con la persona. En palabras del mismo autor: «En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos».



Esto resulta chocante con los ideales consumistas, pues implica un compromiso (a veces llamado «atadura») que no siempre permitirá que uno sacie sus deseos de probar cosas nuevas, de las espontaneidades, de la idea de ser libre y no verse limitado a nadie. De ello deriva un escepticismo creciente hacia la idea del «hasta que la muerte los separe», cada día parece más una broma de mal gusto y un concepto sumamente anticuado. «Antes era fácil hacer esas promesas porque la gente vivía 50 años, a lo mucho» escuché alguna vez.

Así, pues, uno se encuentra terrenos cada vez menos fértiles en donde pueda sembrar sus sentimientos y nutrir sus relaciones. Citando a Zygmunt Bauman:

Si uno sabe que su pareja puede decidir acabar con la relación en cualquier momento, con o sin su propio acuerdo (tan pronto como descubre que usted ha perdido todo potencial de gozo y ya no ofrece la promesa de nuevos placeres, o solo porque el pasto parece más verde del otro lado de la cerca) invertir todos sus sentimientos en la relación siempre es una alternativa riesgosa.

Es así como llegamos a enfrentarnos a una paradoja: no podemos prescindir de los demás, porque eso implicaría morirnos de frío en la oscuridad y vacío de la soledad, pero tampoco podemos acercarnos demasiado porque estamos temerosos de terminar lastimados. Algo parecido al dilema del erizo que mencionaba Schopenhauer.


El amor en tiempos de Tinder

Las apps de citas quizá sean el mejor ejemplo de la mercantilización de los individuos y las relaciones. En ellas, uno encuentra un amplio catálogo de perfiles en los que un algoritmo dicta si encajan con sus gustos personales, sus intereses, y el usuario los juzga de dignos o no para entablar una conversación basándose en unas cuantas fotos y la descripción que pongan. Una descripción que recuerda mucho a la que se pone en los productos de oferta en Amazon.

De esta forma, las interacciones se tornan sumamente despersonalizadas, casi es como si se tratara de un juego en donde los puntos son los match que uno tenga. Antes que ver a una persona, terminamos por ver un perfil construido con base a lo que se cree que está en demanda en el mercado; extinta queda la idea de conocer al otro, construir confianza, y ver si se entabla una amistad u otra cosa. No, en la era de la inmediatez eso es demasiado exhausto e innecesario, ¿por qué se perdería el tiempo así cuando hay un sinfín de otros perfiles? Entre más impersonal sea el trato, mejor. Así es todo más relajado, no existen compromisos y, en cuanto uno se aburra, siempre puede eliminar o bloquear al otro sin decir una sola palabra.


El ser humano es el fin

No pretendo dar el mensaje al lector de que no debe utilizar apps de citas, mucho menos de cómo debe o no llevar sus relaciones de amistad o de pareja. Simplemente, señalo las fisuras existentes en estos ámbitos, basándome en las teorías de los sociólogos citados.

Creo firmemente en que el ser humano es un fin en sí mismo y jamás debe verse como un medio. No obstante, la visión mercantil de las relaciones humanas apunta, precisamente, a lo último: tratamos a las personas en tanto su valor de uso, desechamos a alguien en cuanto nos aburre, esperamos que el otro sea complaciente en todos los aspectos y no toleramos las diferencias individuales.

En su libro Amor Líquido, Bauman expone que la vida del consumidor invita a las liviandades, a la velocidad; aquellos que no se encuentran aferrados a sus posesiones por mucho tiempo, son aquellos que están en la cima de la satisfacción. Pasamos así de la compra a la renta, de lo perdurable a lo desechable, y de vínculos sólidos a frágiles.

Si es cierto — como señalaba Viktor Frankl — que el amor es una forma de trascendencia personal, es decir, algo por lo que el ser humano se olvida de sí mismo y dota de sentido su existencia, entonces aquel acto debe ser todo menos egoísta. Amar es un verbo no compatible con el de consumir. Algo por lo que se entrega la vida misma no puede ser tan superficial y vil.

Finalizo compartiendo un poema corto—mas no por ello simple — de Emily Dickinson, pues me parece que en él plasma la importancia que tiene el amor en la vida humana. Quizás, el recordarnos esta última parte, ayude a tratarnos mutuamente acorde a nuestra dignidad:

Love is anterior to life,posterior to deathinitial of creation, andthe exponent of breath.

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