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El efecto Borrego

Actualizado: 31 mar 2023

“¿Y si todos tus amigos se tiran del puente, tú también lo vas a hacer?” Esta pregunta parece la caricaturización de cualquier mamá, pero en realidad tiene un fundamento de psicología social que nos comprueba la influencia que tiene un grupo sobre el individuo.

Solomon Asch fue un psicólogo social que estudió el fenómeno de la conformidad, que es la tendencia que tendemos a modificar nuestra opinión, actitudes o comportamientos para encajar con la mayoría. Asch hizo un experimento donde formó varios grupos; en cada uno había solamente un sujeto que desconocía la naturaleza de la prueba, mientras que el resto de los participantes eran colaboradores encubiertos. El investigador entonces, les presentaba las siguientes imágenes a cada agrupación:






Los integrantes debían decir en voz alta cuál de las líneas de la derecha era igual a la de la izquierda. Hizo varias rondas de esto, variando la longitud de las líneas. Al principio, los colaboradores respondieron de forma correcta, pero poco a poco empezaron a señalar una barra que claramente no concordaba con la de la izquierda. Lo interesante fue observar cómo el único participante real de la prueba, que primero respondió correctamente, fue modificando su respuesta para igualarla a la del grupo a medida que los demás señalaban la barra equivocada.

Al entrevistar a los sujetos del experimento de todos los grupos, ellos explicaron que a pesar de saber cuál era la respuesta correcta, se amoldaron a los demás por temor a ser ridiculizados. La presión hizo que algunos incluso llegaran a pensar que las respuestas de los demás eran realmente correctas (lo que hoy conocemos como gaslighting, cuando alguien nos hace cuestionar la propia cordura o percepción de la realidad).

Asch hizo otros experimentos parecidos con pequeñas modificaciones. En uno de ellos introdujo a un aliado del sujeto, que daba las respuestas correctas independientemente de los demás. En repetidas ocasiones, cuando los sujetos del experimento observaron que no eran los únicos que pensaban diferente, su conformidad disminuyó considerablemente porque se sintieron respaldados. Sin embargo, cuando ese aliado se retiraba a mitad del experimento, los sujetos volvían a sufrir los efectos de la conformidad. Aún cuando eran capaces de resistir la presión social durante la primera mitad del experimento, al perder su fuente de validación, volvían a amoldarse a la opinión mayoritaria.

Como parte de las conclusiones se observó que en general, las personas cedemos más fácilmente si el grupo es mayor; o menos fácil, si la respuesta se da por escrito en lugar de verbal. El hecho de no expresarla públicamente y exponerse a la crítica o la burla, ayuda a resistir la conformidad.

¿Cuántas veces hemos sido ese sujeto en el salón? ¿Cuántas veces no validamos las ideas de la mayoría por miedo a quedar fuera? o lo que es peor todavía: ¿No existen algunas áreas de nuestra vida que hemos amoldado para conformarnos con la aceptación de nuestro entorno, incluso a costa de nuestras propias convicciones? En nuestro día a día, el experimento de Asch puede verse reflejado como líneas de pensamiento ideológico, político, social, económico, ético o religioso.

La pertenencia a un grupo para garantizar nuestra supervivencia es un rasgo evolutivo de la especie humana. El temor a no ser aceptados se enraiza en un nivel mucho más primario; no es simplemente debilidad de carácter. Es por esta razón que la evidencia muestra que la tendencia es a estar más dispuestos a traicionarnos a nosotros mismos, antes que al grupo al que queremos pertenecer. Conocer este sesgo nos puede ayudar a poner los medios necesarios para decidir y actuar de manera más libre, en fidelidad a nuestras ideas.

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