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La extraordinaria vida ordinaria

En 1657 Johannes Vermeer pintó un cuadro que tituló “La callejuela”. Una obra que no tiene nada particularmente único: es literalmente un pequeño callejón, silencioso, donde se ve a personas comunes y corrientes realizando tareas ordinarias: cosiendo, lavando ropa, niños jugando.



Vermeer retrató esto porque pensaba que la vida ordinaria es HERÓICA, porque es lo más difícil de manejar. Simplemente piensa: ¿Cuánto se requiere para criar un hijo sano y funcional? ¿Para mantener un matrimonio feliz después de muchos años? ¿Para tener una casa en orden? ¿Para manejar la frustración y no estallar cada vez que algo se escapa de nuestros planes? 


Este cuadro fue tomado como un acto de rebeldía y desató una revolución silenciosa en Europa: Pieter de Hooch se sumó a esta ola retratando momentos aleatorios del día, donde “no está pasando nada”, pero donde se esconde gran parte del significado de la vida. Así, con el paso de los años, se sumaron más y más artistas a este movimiento; artistas que decidieron retratar el lenguaje universal de lo cotidiano y rescatar la belleza de la rutina. 




En aquel entonces lo que se valoraba en el arte eran las vidas excéntricas de la aristocracia, de las élites sociales y religiosas; el despliegue de opulencia de personas reconocidas, con logros extraordinarios…pero que representaban a una mínima parte de la población, gente desconectada de la realidad.


Entonces aquí radica la relevancia de Vermeer y sus compañeros: en un momento donde se resaltaba lo sobresaliente, ellos eligieron otro camino: el de retratar aquello que representa el día a día de la mayor parte de la gente.

Hablar de lo cotidiano es importante porque nos confronta para re pensar lo que valoramos como sociedad y nuestros principios. Hoy, al igual que en 1657, nos explican el mundo en su versión más brillante: Valoramos los objetos, acumular experiencias…caemos en la tentación de pensar que nuestras vidas deben ser extraordinarias para ser valiosas o salirse de la norma para que valgan la pena, entonces hacer una comida bien hecha, regar las plantas, leer un libro, jugar con tus hijos, no tienen ningún valor, porque el mundo no lo premia, pero que paradójicamente conforma la mayor parte de nuestro día…¿Qué estamos haciendo con eso? 

 

Así como en la época de Vermeer, hoy relacionamos la buena vida con estar al centro, a cargo, en el reflector…por eso este tipo de arte nos confronta y hace cuestionarnos lo que valoramos como bueno. Valorar lo ordinario nos ayuda a apreciar nuestras vidas, nuestra realidad, sin odiarnos por no estar a la altura de los estándares sin sentido y hacer las paces con nosotras para dejar de buscar afuera lo que me hace falta adentro. 


Un acto de resistencia hoy, ante la cultura del espectáculo, es resignificar lo ordinario.



 

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