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¡Sonríe, HDTPM!


Todos, por voluntad propia o contra ella, hemos llegado a toparnos con alguno de estos gurús o life-coach de la autoayuda quienes, acompañados de un inverosímil caso de éxito, vienen a impartirnos sus secretos para la riqueza, el éxito personal, o la felicidad misma con alguna frase pueril del estilo: «¿Ha sido despedido de su empleo? ¡Qué gran oportunidad para dedicarse a lo que le apasiona! ¿Siente que su pareja no le satisface más? ¡Desapéguese! ¡Disfrute de su libertad y no se ate a las personas! ¿Se siente afligido o abrumado por los problemas que le acontecen? ¡Cambie su mentalidad! ¡Manifieste buenos pensamientos al universo y atraerá cosas positivas hacia usted!»


Debo decirlo: aquello me da acidez, me causa agruras y poco falta para que me haga vomitar la bilis. ¿Por qué? Porque decirle a las personas que deben tomar todo cuanto les acontezca con una sonrisa, que la solución a sus problemas radica en un cambio de mentalidad, y que sus pensamientos atraerán las cosas que deseen a su vida, es un inescrupuloso engaño capaz de inducir en la gente un mayor sentimiento de culpa, miseria e inutilidad con sus vidas, pues asumirán que cualquier suceso no se deberá a nada ni nadie salvo a sí mismos; pasando por alto circunstancias cruciales como su país de origen, la educación recibida, el poder adquisitivo con el que contaron, entre un sinfín de factores más que, nos gusten o no, juegan un papel importante en nuestras vidas.


El universo conspira a tu favor



Mi primer acercamiento hacia esta ola de pensamiento optimista tuvo lugar en el año 2017, mientras era un adolescente sin la más mínima noción de lo que era el mundo real. Un día, recuerdo haberme encontrado con un hermoso libro café de pasta dura en el librero de mi casa que al instante logró captar mi atención. Me extrañó demasiado, nadie había mencionado algo de él y parecía interesante; era pequeño y de hojas plastificadas, las cuales contaban con un tono amarillezco que lo hacían parecer antiguo y contenedor de desbordante sabiduría ancestral; «encontré algo valioso» pensé. Aquel libro llevaba por nombre El Secreto y sí, admito — no sin vergüenza —que lo leí. En mi defensa, contaba con un diseño muy atractivo.

Como es bien sabido, en dicho libro, la autora Rhonda Byrne postula la famosa y pseudocientífica Ley de la Atracción asegurando que, a través del agradecimiento y la visualización, lograremos manifestar nuestros deseos en la realidad gracias a que el universo es un ente consciente que, de alguna forma, se relaciona con nuestros pensamientos y nos provee de todo aquello en lo que más enfocamos nuestra atención… Para todos aquellos que se preguntaron de qué les iría a servir cursar la materia de física, he aquí su respuesta.

Más allá del espasmo científico que pueda ocasionar la autodenominada Ley y lo bien que pueda hacer sentir a unos cuantos el negar la realidad, es de considerar el hecho que esta también sirve como un aporte de ansiedad en los que sí llegan a creer en ella.

Imagina enterarte de que todo lo que ocurre en tu vida es gracias a lo que piensas día con día: la muerte de tu perro, el asalto de la semana pasada, el pelo en la sopa, absolutamente todo lo has atraído tú mismo.

Desearía estar exagerando, pero este tipo de pensamiento milagroso-ansioso no se limita a nada; en una entrevista que le hicieron a la autora del libro, donde se le cuestionaba sobre el tsunami ocurrido en Japón, ella afirmaba que dicho fenómeno se debía gracias a que la población del país no había pensado de una forma lo suficientemente positiva y que, de algún modo, lo atrajeron hacia ellos.

Rhonda Byrne no ha sido la única en proponer esta embarazosa forma de pensamiento, un sinfín de autores multi-ventas como Napoleón Hill, Harv Eker y, por supuesto, Paulo Coelho realizan la misma propaganda en sus panfletos. De alguna forma, el secreto para la riqueza simplemente es recortar la imagen de una mansión y visualizarte en ella todos los días, el secreto para lograr tus sueños es simplemente agradecer y decirte «palabras de afirmación» cada mañana y noche, porque «el universo conspira a tu favor». Todo ello forma una idea hedonista, infantil y narcisista de la realidad, pretendiendo hacer ver al lector que todo lo existente se encuentra ahí para satisfacerle: bienes materiales, bienes inmateriales e incluso personas, como si estas no poseyesen voluntad y decisión propias.


Sé un sonriente infeliz


Joker (2019)


«¡Sonríe! ¡Que nada te apague! ¡Actitud ante todo!» les gritaba con euforia y una evidente sonrisa postiza de oreja a oreja una famosa influencer — lamento usar dicho termino — a sus seguidores en una transmisión en vivo por Instagram. «¡Usted es capaz de lograr absolutamente todo lo que se proponga!» decía otro denominado gurú de los negocios en un vídeo.

A pesar de ser visiones muy irreales, este tipo de contenido súper-optimista es muy compartido y redituable; no es de extrañar que las redes sociales se inunden de este.

Hoy en día te encuentras con un execrable life-coach o gurú, de dudosa preparación, en cada maldito lugar: anuncios de YouTube, posts de Facebook, publicidades de Instagram, etc. ¿Por qué es esto? ¿Es que a caso nos encontramos tan desesperados en busca de guía para poner nuestra vida en orden?

Se le dice a la gente que no se preocupe, que agradezca, que no se queje ni ponga excusas de nada, que todo depende de ellos, que se aleje de las personas tóxicas, que ya vendrán cosas mejores; yo me pregunto: ¿hasta qué punto es esto sano? Pretender hacer ver a la gente que expresar su sentir está mal, y que el único estado aceptable en el que hay que estar es el de la felicidad y la productividad es ridículo.

Sobrada evidencia existe apuntando a que reprimir emociones trae consecuencias perniciosas para nuestra salud física y mental, y que el estarte presionando todo el tiempo por ser una máquina productiva indudablemente terminará con tu sanidad ocasionándote un burnout.

Este discurso, centralizado en que todo está bien y no hay que prestar atención a las cosas negativas, hace ver a la aflicción y la queja como actos condenables, dignos de una persona «tóxica», las cuales hay que mantener bien lejos para que no nos perturben con su negatividad.

El daño que ello puede ocasionar en terceros es de consternar, pues no es mas que una forma de maquillar el sentir y eludir la realidad, en lugar de plantear una forma efectiva de hacer frente a ella. Resultando esto en una mayor insatisfacción, una vez se cae en cuenta de que la vida no mejora por pensar cosas bonitas.


Serás rico, créetela



«El problema es que la mayoría no tiene mentalidad de rico — me decía un conocido la otra vez — . La gente va a la escuela y simplemente se les enseña a ser empleados». Me abstuve de decirle algo al sujeto, contuve mi risa y procedí a darle un trago a mi bebida y, antes de que fuese a invitarnos a invertir en Forex, un amigo consiguió cambiar el tema de conversación.

La denominada mentalidad de tiburón se ha vuelto todo un fenómeno en internet, muy en parte debido al desate de una horda de sujetos trajeados que, con aires de superioridad, vienen a decirle a la gente que renuncie a sus empleos, se pongan a invertir y que sigan su pasión — porque estos creen que no existe gente que pueda disfrutar su trabajo — , usualmente citando a figuras como Steve Jobs con la romantizada frase siguiente:

Si no trabajas por tus sueños, alguien te contratará para que trabajes por los suyos.

El discurso viene acompañado con inverosímiles historias de éxito y de un llamado a la gente a que se «atreva» a ser de esos pocos valentones iluminados que deciden irse a emprender y seguir sus sueños en busca de la libertad financiera, poniendo como la mayor deshonra el que alguien decida buscarse un empleo e incluso, algunos de estos divertidos personajes, llegan a burlarse de la gente que lo hace.

También afirman que lo único necesario es liberarnos de nuestra «mentalidad de pobre» y creer en nosotros mismos, que no podemos conformarnos con tener un trabajo o seremos unos mediocres desgraciados, y que solo aquellos quienes trabajan verdaderamente duro en algo y se levantan a las cinco de la mañana, son quienes logran el éxito en la vida. Todo esto, para después ofrecer su sobrevaluado curso que promete cambiarte la mentalidad y enseñarte a vender.

Si no es usted consumidor de este tipo de contenido, podrá sonarle como una visión demasiado ingenua de los hechos, o habrá que decirle a los más de 50 millones de pobres que se encuentran en México que cambien su mentalidad de ipso facto, que se levanten más temprano y que dejen de poner excusas para trabajar.

Promover la idea de que vivimos en una meritocracia y negar el hecho de que el mundo exterior tiene una influencia en el curso que nuestras vidas pueden tomar, es meramente una necedad. Desearía que fuese cierto eso de que la vida le dota a cualquiera de la oportunidad de hacerse rico, pero simplemente no es así. La riqueza no surge por un mero acto de cambio de mentalidad y actitud, tampoco de la cantidad de horas que te dediques a trabajar en algo. Si a eso se redujera todo, ¿de qué demonios servirían disciplinas como la Economía y las Finanzas?


No mates la crítica



Mi intención aquí no es arremeter contra toda la autoayuda existente, no toda esta tiene deplorables enseñanzas. Hay escritores serios, quienes respaldados por investigación, han escrito libros de este género. Sin embargo, no son autores que — además de no hacerse ver como salvadores espirituales— propongan soluciones mágicas a sus lectores con un derrame de optimismo, ni que condenen a la crítica como un mal aborrecible.


Yo me pregunto: ¿cómo se ha de sentir aquella persona que se ha leído decenas de libros y asistido a cientos de cursos para quitar su mentalidad de pobre pero no logra ni obtener un aumento? ¿qué sentimiento le provocará el fingir felicidad a quien por dentro se quiebra solo por no querer ser «negativo»? ¿qué pensará aquel que desea algo con todas sus fuerzas y ve que la Ley de la Atracción no le hace efecto? Hay que ser bien claros en algo y es que en la vida nos encontraremos con injusticias, tragos amargos, pérdidas, y sus remedios no se darán pretendiendo que todo es cuestión de actitud y creer en sí mismo.


Estos coach o gurús— como se les quiera llamar — saben cómo hablar y persuadir a la gente, lo cual hace que muchos terminen cayendo: desde el narcisista, creyente de ser merecedor de todo en la vida y hambriento de algo que le confirme su fantasía, hasta aquel desesperado y rebasado por su entorno, buscando aferrarse al primer sujeto que se presente como su salvador. En ambos casos siempre recomendaré la terapia.

Ahora, más allá del mencionado desgaste emocional que este pensamiento obsesionado con el optimismo pueda traer, vale la pena meditar la siguiente pregunta: ¿Cómo se mejora algo, si no es siendo crítico con ello?

Cuando uno se impone asumir que las cosas están bien, que quien critica algo es debido a que es un hater, o que el universo siempre conspirará a su favor, ¿cómo pretende hacer ver los problemas que acontecen a la sociedad, a su comunidad o a sí mismo? Si a principias esto no se señala, no se hará nada contra ello.

Creo firmemente en que los verdaderos optimistas son aquellas personas quienes son críticas con su entorno y consigo mismos, las que señalan cuando algo no es correcto y las que opinan de forma argumentada para defender una causa noble. Aquel que pretende ver todo con buenos ojos, aquel que mira la vida como un conjunto de experiencias que hay que tomar siempre de forma positiva, no hace nada por mejorar su realidad. El hambre no se erradicará diciéndole al pobre que cambie de actitud, el cambio climático no se controlará pidiéndole al universo que la Tierra enfríe, la violencia no cesará centrándonos en el lado bueno de nuestro gobierno. Ignorar un problema nunca contribuirá a la solución del mismo. Exhorto, pues, a que como ciudadanos, paisanos y habitantes del mundo, hagamos más lo primero; lo necesitamos.


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